El diablo está en las tendencias
Columna JFM

El diablo está en las tendencias

Algunos están comparando la situación que se estaría viviendo en la actual campaña electoral, con el cierre de la distancia entre Enrique Peña Nieto y Josefina Vázquez Mota, que según la última encuesta de GEA ISA se redujo a sólo siete puntos y según Parametría a once, con lo que sucedió en el 2006 entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. No creo que sea el ejemplo correcto, las condiciones y la situación son diferentes. Pero sí se parece a la que vivió Francisco Labastida con Vicente Fox en el año 2000.

Algunos están comparando la situación que se estaría viviendo en la actual campaña electoral, con el cierre de la distancia entre Enrique Peña Nieto y Josefina Vázquez Mota, que según la última encuesta de GEA ISA se redujo a sólo siete puntos y según Parametría a once, con lo que sucedió en el 2006 entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. No creo que sea el ejemplo correcto, las condiciones y la situación son diferentes. Pero sí se parece a la que vivió Francisco Labastida con Vicente Fox en el año 2000.

Hace seis años, la campaña se vivía en medio de una durísima polarización, no sólo electoral sino también política. El López Obrador de entonces estaba muy lejos del de la república amorosa de ahora. Y su estrategia política se basaba en agudizar esa polarización, acompañada de una soberbia que lo llevó precisamente en estos días, a pronunciar aquella famosa sentencia de “cállate chachalaca” dirigida al presidente Fox y a rechazar desde reuniones con empresarios hasta su participación en el primer debate presidencial, decisiones que le terminaron costando la elección. En ese contexto, y con un PRI que con Roberto Madrazo no podía ofrecer ninguna alternativa, la opción Calderón creció hasta derrotar, con lo mínimo, al ex jefe de gobierno capitalino.

No es la situación actual: se podrá o no estar de acuerdo con Peña Nieto pero no es percibido como “un peligro para México” ni su campaña está basada en la polarización. No se ha rehusado ni mucho menos a encontrarse con empresarios o grupos que pudieran ser antagónicos y para muchos es una opción de recambio muy aceptable después de doce años de gobiernos panistas.

En eso la campaña de Peña Nieto no se parece en nada a la de López Obrador pero si se parece, por cómo están operando, a la de Labastida en el 2000. Cuando comenzaba aquel año Labastida tenía una comodísima ventaja sobre Vicente Fox que en diciembre del 99 llegó a ser de 20 puntos. En esa situación en el equipo de campaña de Labastida decidieron que no tenían porqué arriesgar ni gastar de más. Decidieron que durante la segunda mitad de diciembre, y en enero y febrero, el candidato aparecería poco, cuidaría la ventaja, incluso cancelaron la publicidad para ahorrar dinero. Pensaron que sólo había que administrar la ventaja hasta julio, que el trabajo ya estaba hecho. Incluso pensaban que el verdadero adversario sería Cuauhtémoc Cárdenas que había ganado el DF en 1997, más que un Fox que no terminaba de ser del agrado de todos los panistas.

Labastida no era, no lo es hoy, un hombre de confrontaciones estériles, no era ni es “un peligro para México”, no presentaba ningún programa rupturista y la economía, pese a la crisis que azotó al país al inicio de su sexenio, venía cerrando con un crecimiento cercano al 7 por ciento. Fox, fue, sin embargo, la novedad y su consigna era sacar al PRI de Los Pinos, nada más, nada menos. Cuando llegó marzo, en el equipo de Labastida descubrieron que esa ventaja de diciembre había comenzado a desaparecer, que de una elección con una brecha que parecía imposible de cerrar estaban ante unos comicios competida. Comenzaron a cometer errores para cambiar las tendencias pero no lo lograron. Al final, se intentaron compensar los errores con recursos y se dio aquel famoso Pemexgate (paradójicamente buena parte de aquel dinero se lo quedó quien es hoy un destacado miembro de la oposición de izquierda, que no fue tocado ni con el pétalo de una rosa porque saltó oportunamente de partido, como seis años antes, el dinero y los documentos de la caja fuerte de Colosio en las oficinas de Aniceto Ortega, desparecieron horas después de su asesinato, se asegura que por personajes que hoy también están en esa misma oposición).

Conservar una ventaja no es difícil cuando no cambia el viento que agita a los electores. Pero cuando las tendencias se invierten, cuando las amplias ventajas se comienzan a convertir en una disputa cerrada, cuando uno comienza bajar y el otro a subir en forma permanente, esas tendencias pueden ser determinantes en el resultado final. Hace ya muchas semanas que aquí dijimos que en el equipo de Peña Nieto se estaban equivocando, que no podían seguir jugando a la defensiva, tratando simplemente de conservar una ventaja que les parecía muy amplia: que precisamente esa ventaja era la que les permitía abrir el juego, ser más propositivos, jugar con caras nuevas. No lo han hecho: guardaron a Peña Nieto (más aún luego del episodio de la FIL de Guadalajara y en este periodo de intercampañas), jugaron a la defensiva, a la hora de optar por candidatos, como hizo en su momento Labastida, apostaron por los viejos personajes de la política priista, pensando asegurar la unidad de “los sectores”. Y la ventaja de 20 puntos, ahora se ha reducido a siete u once. Puede todavía el PRI revertir la tendencia, pero ahora será mucho más difícil, porque, además, la disputa es por la novedad y las expectativas: se apuesta por el regreso del PRI a Los Pinos o por la llegada, por primera vez, de una mujer a la presidencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *